viernes, 17 de octubre de 2014

El "ébola social" infecta a Alcorcón


Vecinos de Teresa Romero, tratados como apestados incluso por sus familias 

La administradora del edificio, expulsada de su academia de baile 

'Compañeros de trabajo me piden por favor que no vaya', dice un vecino 

'Javier y Teresa causaron baja en junio pasado', anunció en un cartel el gimnasio cercano 

Dos operarios de desinfección del edificio en el que vive Teresa Romero. JAVIER BARBANCHO

Se llama Lola, es administradora del edificio en el que vive Teresa Romero y el viernes pasado supo que, sin tener ébola, se ha convertido en una suerte de apestada

Ese día recibió una llamada de la academia de baile a la que lleva seis años apuntada, regentada además por una buena amiga suya. 

Hasta la semana pasada, Lola bailaba allí tres veces por semana -martes, jueves y viernes-, «y era algo muy necesario, la válvula de escape. No es fácil de explicar, pero me daba la vida». Ahora le decían, por teléfono y de sopetón, que no podía volver. Madres de niños se habían quejado, y no sólo ellas: «Incluso compañeras de trabajo mías... ¡Personas que trabajan conmigo!». 

Anonadada, Lola se personó en la academia para buscar un arreglo. «Les dije que ni siquiera vivo en ese edificio, que les daría la documentación que nos han dado a nosotros las autoridades sanitarias, que mi horario es diferente al de los niños...». 

Porfió, argumentó, debatió, casi imploró... Y finalmente lloró: «Tengo a muchos amigos allí». No sirvió de nada. Y no solo eso: «Me dijeron que me tenía que llevar los kleenex que acababa de usar», desliza. Unos simples pañuelos usados se convertían en la mejor alegoría del terror. 

Lola, al igual que la mayoría de habitantes de Avenida del Pinar, 35, en Alcorcón, contrajo la semana pasada, sin comerlo ni beberlo, una singular dolencia: lo llamaremos ébola social. Estar enfermo sin estar enfermo. Una mutación más, como otra cualquiera, del incombustible y muy humano virus del miedo, del pánico. 

'Mi hija no viene a verme' 

Hijos que rehúyen a sus padres. Negocios que tienen que poner surrealistas carteles a la entrada. Gente que trabaja alrededor, a 100 metros del inmueble de marras, y no le dice a sus familiares que sí, que igual un día se pudo cruzar por la calle con una chica que podría ser ella y... 

Habla Marina, vecina del piso de arriba de Teresa Romero y Javier Limón: «Mi hija me llamó esta mañana. Su padre y yo estamos separados, y me dice que él le ha prohibido venir a verme», cuenta con una media sonrisa. «Me dan ganas de decirle algo, pero... ¿Y si tiene razón?». 

Los habitantes del lugar parecen haber hecho un cursillo acelerado de ébola por Google: todos saben que el virus dura vivo «apenas unas horas», pero esos seis días que Teresa Romero pasó deambulando por el lugar, cercana a tener síntomas, pesan lo suyo. 

Una vecina que no quiere «ni por asomo» decir su nombre estaba este fin de semana paseando por la calle, «me crucé con unos amigos y cuando les dije que vivo donde vivo dieron dos pasos para atrás y levantaron las manos». Esta misma mujer dibuja con una frase la singular cuarentena que se vive en el edificio, que agrupa a seis números y a cientos de moradores: «Las visitas no vienen. Sin más». 

Una trabajadora de una peluquería cercana le cuenta a una periodista: «Mi marido sube desde Ceuta este fin de semana... ¡No le he dicho que trabajo aquí al lado, porque si lo sabe fijo que no viene!». 

Los vecinos hablan sin problema con los medios de comunicación, pero en cuanto aparece una cámara huyen: si en su trabajo saben que viven aquí, les puede pasar lo mismo que al propio Juan Ramón Romero, hermano de la auxiliar enferma, cuyo jefe le espetó al conocer su singular condición: «Mañana no vengas»

Un vecino treintañero esboza encogiéndose de hombros la estigmatización que ha sufrido en su puesto de trabajo: «A algunos compañeros no les importa, pero otros me dicen que me quede en casa, están muy enfadados. Se lavan las manos continuamente. Claro, yo no puedo dejar de ir a mi trabajo si no me lo dice un médico...». Él mismo explica otro daño colateral: «Intentas quedar con algunos amigos y te dicen: 'Vamos a esperar unos días mejor, ¿vale?'». 

Un gimnasio aledaño puso el jueves, en su puerta, un cartel: «Javier y Teresa causaron baja en junio pasado». Lo retiraron un día después. El remedio parecía peor que la propia enfermedad. 

El mismísimo conserje de la finca, Antonio, se fue el viernes preocupado a casa: «Estuve haciendo desatrancos y al final me dije: 'Anda, que si por aquí dejaron...'. Por si acaso, no le dije nada a mi mujer», remata.


Autor: Quico Alsedo
Publicado en: El Mundo


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