lunes, 22 de diciembre de 2014

Más enfermedades crónicas y mentales por culpa de la crisis


Unidad psiquiátrica del Hospital Clínico de San Carlos en Madrid. / LUIS SEVILLANO

La crisis que atraviesa España no solo se mide en magnitudes económicas. Tarde o temprano, los recortes se trasladan a la vida diaria y, entre otras cosas, acaban afectando a la salud de la población. ¿Es posible plasmar con indicadores objetivos cómo la crisis está malogrando el sistema sanitario? Un informe de la asociación de economistas Fedea presentado hoy intenta dar respuesta a esa cuestión. Y lo que concluye es que la situación "se puede catalogar de preocupante y podría ser aún peor cuando se incorpore plenamente el efecto de los recortes introducidos en julio de 2012 y profundizados en 2013 y 2014". 

El estudio, dirigido por Sergi Jiménez, profesor de Economía de la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona), emplea varios indicadores (estado de salud, riesgos, hábitos, uso y valoración del sistema) y analiza si su evolución ha sido positiva, preocupante o negativa. De los 43 estudiados, 29 los califica como de preocupantes o negativos. Entre otras cosas, la crisis parece haber influido en la prevalencia de las enfermedades crónicas, en las hospitalizaciones por enfermedad mental, el bajo peso de los bebés al nacer y en la tasa de obesidad, que no deja de crecer. 




Los indicadores generales de salud, como la esperanza de vida, no han sufrido ningún deterioro, ha explicado esta mañana Jiménez. De hecho, los españoles han ganado, de media, 1,3 años más de vida entre 2007 y 2012. Sin embargo, hay otros indicadores de salud "más inmediatos" y más sensibles a los recortes y la situación económica que sí muestran un empeoramiento. La mortalidad infantil, por ejemplo, está prácticamente estancada desde 2009, cuando lo lógico sería que fuera descendiendo. El peso de los bebés al nacer ha empeorado durante los años de crisis. El porcentaje de niños nacidos con un peso anormalmente bajo ha aumentado entre 2007 y 2012. 

Los años de recesión también han pasado factura a los indicadores de prevalencia de enfermedades crónicas. En los últimos tres años (el último disponible es 2012) han aumentado dos puntos porcentuales. Un "clarísimo síntoma de la incidencia de la crisis", en palabras de Jiménez, es el número de ingresos hospitalarios por enfermedades mentales, que repunta en 2013. Las cifras más sorprendentes, destaca, se encuentran en el aumento de la depresión, la ansiedad y otros trastornos mentales, especialmente en la población de 55 años o más. "En el grupo de mayores (75 años o más) el porcentaje de la población que padece dicho problema ha aumentado en casi 10 puntos porcentuales", destaca el informe. 

En el apartado de riesgos para la salud, hay indicadores positivos y otros negativos. Desciende el número de fumadores y las muertes por accidente, pero en otros casos, como la obesidad, que se considera un factor de riesgo directo, o la pobreza y la desigualdad, que serían riesgos indirectos, las cifras empeoran. 

También la valoración que hacen los ciudadanos sobre el sistema refleja los años de crisis. Todos los indicadores de opinión que recoge el Barómetro Sanitario "se están deteriorando ostensiblemente", asegura el informe. La opinión favorable sobre el sistema sanitario cae entre cuatro y cinco puntos porcentuales entre 2006 y 2013, dependiendo de la definición de la pregunta, añade. La valoración del sistema, que ascendía hasta 2010, ha estado estancada desde entonces. El porcentaje de ciudadanos que creen que el problema de las listas de espera ha empeorado sustancialmente en apenas dos años: ha pasado de un 17% en 2011 a un 34% en 2013. 

"Los indicadores generales aún son buenos, pero los adelantados anticipan algunas deficiencias", ha explicado Jiménez. Si el país sale de la situación de crisis, las consecuencias a largo plazo "serán mínimas", ha añadido. Pero cuidado, porque si los recortes "se mantienen o se agudizan, anticipamos un deterioro cierto de los resultados en salud".





Autora del Artículo: Elena G. Sevillano
Publicado en: El País

La crisis económica, responsable de unos 10.000 suicidios



No llegar a final de mes, pasar meses, incluso años, en el paro, la incertidumbre por el futuro, por la familia. La crisis económica nos ha dejado un mundo lleno de sombras que está haciendo que cada vez sean más las personas con problemas de ansiedad y depresión. El efecto de las grandes recesiones sobre el número de suicidios se viene estudiando desde hace años. La última investigación en este sentido es la que publica la revista British Journal of Psychiatry en la que se cuantifica la cifra de personas en Norteamérica y Europa que entre 2008 y 2010 se han quitado la vida como consecuencia de los recortes: 10.000. 

Investigadores de las universidades británicas de Oxford y de Londres han analizado los datos ofrecidos recientemente por la Organización Mundial de Salud (OMS) sobre los suicidios ocurridos en 24 países de Europa y dos de Norteamérica (Canadá y Estados Unidos). Mientras que en Europa había en los últimos años una tendencia a la baja en el número de suicidios, desde que empezó la crisis en 2007 esta tendencia ha revertido, aumentando un 6,5% hasta 2009 y permaneciendo ese aumento hasta 2011. En Canadá, la tasa de estas muertes aumentó un 4,5% entre 2007 y 2010, mientras que en Estados Unidos lo hizo un 4,8% en el mismo periodo. 

"Letonia e Irlanda son los dos países donde el aumento de suicidios ha sido particularmente duro. Entre 2007 y 2009, el incremento de estas muertes fue del 16% y del 12%, respectivamente", explica a EL MUNDO, Aaron Reeves, de la Universidad de Oxford y uno de los autores de este estudio junto con Martin McKee y David Stuckler. 

En España, comenta, no ha habido un efecto sustancial de la recesión sobre el número de suicidios. "Es difícil decir el porqué de este poco impacto. Sin embargo, otros estudios han documentado una creciente crisis de salud mental en vuestro país durante este período. Parte de la dificultad en la investigación de este asunto es que los datos de salud pública no siempre están disponibles. A veces tenemos que esperar años para tener las tasas de suicidio, mientras que la información de los datos económicos se da trimestral o incluso mensualmente", señala este investigador. 

Pocos países industrializados fuera de estas regiones, como Nueva Zelanda, han escapado indemnes a la crisis financiera y han evitado un aumento de los suicidios. "Estos datos sugieren que, en total, ha habido al menos 10.000 suicidios más por culpa de la crisis en la Unión Europea, Canadá y Estados Unidos desde la Gran Recesión iniciada en 2007", constata el estudio. 

Las grandes crisis económicas pueden empeorar la salud mental y, potencialmente, conducir al suicidio principalmente a través de tres vías, apunta esta investigación. Primero, la pérdida de trabajo es un factor de riesgo independiente para el aumento de depresiones y suicidios, que son unas 2,5 veces más frecuentes entre personas en paro. El endeudamiento, como consecuencia del desempleo, es otro factor de riesgo independiente Y, en tercer lugar, deuda y desempleo dan lugar a la ejecución de hipotecas y desahucios que están a su vez asociados con depresión y trastornos de ansiedad. 

"¿Pero son estos suicidios un acompañante inevitable de la adversidad económica?", se plantean los autores de este trabajo. La respuesta a esta pregunta la responden con datos. Porque, a pesar de la crisis, algunos países no han experimentado ningún cambio en su tasa de suicidios mientras que en otros estas muertes han ido en aumento a medida que empeoraba la crisis. En Suecia y Finlandia, las tasas permanecieron estables mientras que declinaron en Austria, a pesar del aumento de desempleo. 

Como explica Reeves a este periódico, "los gobiernos pueden mitigar el impacto de la crisis económica sobre el suicidio mediante la inversión en políticas que activen el empleo. Estas estrategias ayudan a la gente a volver a trabajar, proporcionando apoyo y capacitación para aquellos que han perdido su empleo". Según afirman en su estudio, por cada inversión de 100 dólares (unos 74 euros) per cápita en programas de empleo activo se redujo la asociación de desempleo y suicidio un 0,4% en las recesiones europeas entre 1970 y 2007. 

Otros países, en cambio, apuestan por la prescripción de fármacos. Algo que para estos investigadores no es la mejor opción. "Hay poca evidencia sobre el papel protector de los antidepresivos frente al suicidio. No obstante, las tasas de prescripción de los psicofármacos ha aumentado sustancialmente en algunos países durante la reciente recesión, como en el Reino Unido donde se ha producido un aumento del 11% entre 2003 y 2007 al 19% entre 2007 y 2010", apunta el estudio. 

"Los suicidios son sólo la punta del iceberg. Estos datos revelan una amenazante crisis de salud mental en Europa y Norteamérica. En estos duros tiempos económicos, esta investigación sugiere que es crítico buscar fórmulas para proteger a aquellos que son más propensos a ser golpeados más fuerte", afirma Stuckler.


Artículo publicado por: Ángeles López
Publicado en: El Mundo

lunes, 1 de diciembre de 2014

La transmisión del ébola en África

El virus del ébola en cifras



Su aparición, hasta ahora siempre en países de África Central y Occidental cercanos a selvas tropicales, dispara periódicamente las alarmas en todo el mundo. Es uno de los virus más letales para el ser humano, con una tasa de mortalidad, en sus brotes epidémicos, de entre el 25% y el 90%. Comenzó en Guinea y se ha propagado a Liberia, Sierra Leona y Mali. Un nuevo caso, esta vez en España, dispara la alarma en Europa.







viernes, 17 de octubre de 2014

El "ébola social" infecta a Alcorcón


Vecinos de Teresa Romero, tratados como apestados incluso por sus familias 

La administradora del edificio, expulsada de su academia de baile 

'Compañeros de trabajo me piden por favor que no vaya', dice un vecino 

'Javier y Teresa causaron baja en junio pasado', anunció en un cartel el gimnasio cercano 

Dos operarios de desinfección del edificio en el que vive Teresa Romero. JAVIER BARBANCHO

Se llama Lola, es administradora del edificio en el que vive Teresa Romero y el viernes pasado supo que, sin tener ébola, se ha convertido en una suerte de apestada

Ese día recibió una llamada de la academia de baile a la que lleva seis años apuntada, regentada además por una buena amiga suya. 

Hasta la semana pasada, Lola bailaba allí tres veces por semana -martes, jueves y viernes-, «y era algo muy necesario, la válvula de escape. No es fácil de explicar, pero me daba la vida». Ahora le decían, por teléfono y de sopetón, que no podía volver. Madres de niños se habían quejado, y no sólo ellas: «Incluso compañeras de trabajo mías... ¡Personas que trabajan conmigo!». 

Anonadada, Lola se personó en la academia para buscar un arreglo. «Les dije que ni siquiera vivo en ese edificio, que les daría la documentación que nos han dado a nosotros las autoridades sanitarias, que mi horario es diferente al de los niños...». 

Porfió, argumentó, debatió, casi imploró... Y finalmente lloró: «Tengo a muchos amigos allí». No sirvió de nada. Y no solo eso: «Me dijeron que me tenía que llevar los kleenex que acababa de usar», desliza. Unos simples pañuelos usados se convertían en la mejor alegoría del terror. 

Lola, al igual que la mayoría de habitantes de Avenida del Pinar, 35, en Alcorcón, contrajo la semana pasada, sin comerlo ni beberlo, una singular dolencia: lo llamaremos ébola social. Estar enfermo sin estar enfermo. Una mutación más, como otra cualquiera, del incombustible y muy humano virus del miedo, del pánico. 

'Mi hija no viene a verme' 

Hijos que rehúyen a sus padres. Negocios que tienen que poner surrealistas carteles a la entrada. Gente que trabaja alrededor, a 100 metros del inmueble de marras, y no le dice a sus familiares que sí, que igual un día se pudo cruzar por la calle con una chica que podría ser ella y... 

Habla Marina, vecina del piso de arriba de Teresa Romero y Javier Limón: «Mi hija me llamó esta mañana. Su padre y yo estamos separados, y me dice que él le ha prohibido venir a verme», cuenta con una media sonrisa. «Me dan ganas de decirle algo, pero... ¿Y si tiene razón?». 

Los habitantes del lugar parecen haber hecho un cursillo acelerado de ébola por Google: todos saben que el virus dura vivo «apenas unas horas», pero esos seis días que Teresa Romero pasó deambulando por el lugar, cercana a tener síntomas, pesan lo suyo. 

Una vecina que no quiere «ni por asomo» decir su nombre estaba este fin de semana paseando por la calle, «me crucé con unos amigos y cuando les dije que vivo donde vivo dieron dos pasos para atrás y levantaron las manos». Esta misma mujer dibuja con una frase la singular cuarentena que se vive en el edificio, que agrupa a seis números y a cientos de moradores: «Las visitas no vienen. Sin más». 

Una trabajadora de una peluquería cercana le cuenta a una periodista: «Mi marido sube desde Ceuta este fin de semana... ¡No le he dicho que trabajo aquí al lado, porque si lo sabe fijo que no viene!». 

Los vecinos hablan sin problema con los medios de comunicación, pero en cuanto aparece una cámara huyen: si en su trabajo saben que viven aquí, les puede pasar lo mismo que al propio Juan Ramón Romero, hermano de la auxiliar enferma, cuyo jefe le espetó al conocer su singular condición: «Mañana no vengas»

Un vecino treintañero esboza encogiéndose de hombros la estigmatización que ha sufrido en su puesto de trabajo: «A algunos compañeros no les importa, pero otros me dicen que me quede en casa, están muy enfadados. Se lavan las manos continuamente. Claro, yo no puedo dejar de ir a mi trabajo si no me lo dice un médico...». Él mismo explica otro daño colateral: «Intentas quedar con algunos amigos y te dicen: 'Vamos a esperar unos días mejor, ¿vale?'». 

Un gimnasio aledaño puso el jueves, en su puerta, un cartel: «Javier y Teresa causaron baja en junio pasado». Lo retiraron un día después. El remedio parecía peor que la propia enfermedad. 

El mismísimo conserje de la finca, Antonio, se fue el viernes preocupado a casa: «Estuve haciendo desatrancos y al final me dije: 'Anda, que si por aquí dejaron...'. Por si acaso, no le dije nada a mi mujer», remata.


Autor: Quico Alsedo
Publicado en: El Mundo